Animales: ¿personas o cosas?

La personalidad está formada por una serie de características que utilizamos para describirnos y que se encuentran integradas mediante lo que llamamos el “yo” o “sí mismo” formando una unidad coherente. La personalidad es la forma en que pensamos, sentimos, nos comportamos e interpretamos la realidad. Cada persona es única y tiene rasgos diferenciadores. Hace años, Joseph Fletcher (1905-1991), uno de los fundadores de la moderna bioética, ofreció un exhaustivo y bien conocido conjunto de quince atributos para definir la personalidad humana: inteligencia mínima, autoconciencia, autocontrol, sentido del tiempo, sentido del futuro, sentido del pasado, capacidad para relacionarse con otros, preocupación y cuidado por los otros, comunicación, control de la existencia, curiosidad, cambio y capacidad para el cambio, equilibrio de razón y sentimientos, idiosincrasia y actividad del neocórtex. Estos rasgos son los que diferencian a un individuo de otro.

Si de los humanos podemos decir que no hay dos personas iguales, en el caso de los animales tampoco encontraremos dos iguales. No hay dos animales idénticos. Los humanos tenemos rasgos personales y los animales también los poseen. Jane Goodall, investigadora de la vida salvaje y, en concreto, de los chimpancés y gorilas, escribió en su cuaderno de campo:

“A menudo miraba a un chimpancé a los ojos y me preguntaba qué ocurría en ellos. Solía mirar a Flo a los ojos, tan mayor y tan sabia. ¿Qué recordaba de sus días de juventud? David Barbagrís tenía los ojos más bonitos, grandes y lustrosos, bien separados. En cierto modo expresaban toda su personalidad, su serena seguridad, su innata dignidad y, de vez en cuando, su extrema determinación de hacer las cosas a su manera” (Trough a window: my thirty years with the chimpanzees of Gombe, Boston, MA: Houghton Mifflin, 1990).

Washoe era una chimpancé infante que en 1.966 fue Criada por Allen y Beatriz Gardner. Las personas que cuidaban de ella empleaban exclusivamente el lenguaje de los signos. Ella lo aprendió mediante imitación y condicionamiento con instrumentos. Llegando incluso a transferir signos para describir un nuevo elemento. Cuando se dejó de emplear el lenguaje de signos en su presencia aprendió más de 50 signos de otros chimpancés. De modo que se demostraba que el lenguaje de signos entre chimpancés tiene origen mediante transmisión cultural.

Podemos afirmar que los animales poseen una personalidad natural o biológica con rasgos individuales, elaboran una interpretación del medio, asimismo subjetiva y diferenciada, adoptando conductas con carácter propio y exclusivo. Obviamente, hay especies animales en las que esa personalidad individual prácticamente no existe, como en los insectos. Donde más claro se detecta el desarrollo de una personalidad individual es en la familia de los grandes primates: gorilas, orangutanes y chimpancés. Pero también en los delfines, caballos, perros y gatos, entre otros, reconocemos sin dificultad rasgos diferenciadores y conciencia de sí mismos. Ante esta realidad, ¿podemos seguir tratando a los animales como simples bienes muebles? La respuesta negativa debe ser tajante. La percepción de la realidad ha evolucionado, la sociedad ha cambiado y llega la hora de que el ordenamiento jurídico se adapte a estos cambios.

Toda la doctrina moderna, siguiendo las concepciones filosóficas hoy imperantes, mantiene la idea de que el ser humano es un prius respecto del Derecho, o sea, que la persona existe con independencia del Derecho y que tiene esa consideración desde el momento en que nace con vida. Desde un punto de vista estrictamente jurídico, persona es todo sujeto capaz de derechos y deberes, y por personalidad jurídica ha de entenderse, por consiguiente, la aptitud para ser sujeto, activo o pasivo, de relaciones jurídicas, es decir, al actor que puede representar legítimamente un papel u otro en el escenario del tráfico jurídico. Cada ordenamiento jurídico establece quiénes son los destinatarios de las normas y, en consecuencia, quiénes pueden ser titulares de los derechos y deberes que esas normas establecen.

El ordenamiento jurídico actual concede o reconoce la personalidad jurídica a todos los hombres, con lo cual éstos pueden cumplir sus fines en la convivencia social; pero como existen fines que sobrepasan los medios y la propia vida del individuo, el ordenamiento jurídico reconoce también la personalidad jurídica a ciertas organizaciones o colectividades humanas (asociaciones, fundaciones, instituciones) que tienden a la realización de esos fines colectivos o más duraderos. Analicemos algunos tipos de personalidad jurídica que se reconocen hoy día:

1º.- Un recién nacido tiene personalidad jurídica. Un bebé no piensa racionalmente. Siente, pero todavía no puede apreciar el arte ni expresar emociones elaboradas, como por ejemplo, la mística o la envidia. No habla. No tiene conciencia moral o al menos, no la puede expresar. A pesar de estas limitaciones temporales, no le negamos su status de sujeto de derecho. A pesar de que no puede actuar por su cuenta, ni elaborar pensamientos, ni ser consciente de sus actos, las leyes le conceden y reconocen personalidad en el ámbito jurídico.

2º.- Una entidad cualquiera -siempre y cuando esté constituida- tiene reconocida y otorgada personalidad jurídica. A pesar de no ser humana, sino una creación humana (como lo es una mesa, por ejemplo), ni de ser un ser vivo siquiera, el legislador decidió que podían ser consideradas personas jurídicas.

Ahora veamos el supuesto de una persona biológica, por ejemplo, un chimpancé adulto. Es un ser vivo, por lo que merece más protección que una sociedad anónima que es una entelequia. Es consciente de sus actos, elabora pensamientos, tiene deseos, sufre, ama, transmite cultura a sus descendientes y posee un imaginario psicológico y mental más activo que el de un humano recién nacido. Por lo tanto, la vida e integridad de un chimpancé merece, como mínimo, la misma protección que la que recibe un humano recién nacido. De modo que si nuestro ordenamiento jurídico reconoce personalidad a entes abstractos y recién nacidos, a fortiori, puede reconocérsela a seres no abstractos y con psique desarrollada, como los grandes primates.

Podemos afirmar que no existe ningún obstáculo jurídico para otorgar personalidad jurídica a los animales, dado que tienen personalidad y capacidad de obrar, una capacidad de obrar limitada, es cierto, que requerirá –como en el caso de las personas jurídicas y recién nacidos- de un representante humano. La Administración Pública podría ser el legal representante de los animales que habitan en los ecosistemas. Los animales domésticos tendrían en su mejor representante al humano con el que conviven. Y los organismos internacionales podrían asumir la representación de todos aquellos animales que habitan en las zonas naturales que no pertenecen a ningún país, como los Polos Ártico y Antártico, las aguas internacionales y el espacio aéreo internacional. El único obstáculo vendrá del campo de los valores filosóficos y religiosos, pero no del Derecho. Seguir negando a los animales ser sujetos de derecho carece de sentido. Las sociedades evolucionan, las mentalidades cambian y el Derecho debe hacerlo también para adaptarse a las nuevas realidades. Debe el legislador cambiar la ley y otorgar a los animales personalidad jurídica, para que puedan ser protegidos adecuadamente. Debe, porque así lo demanda la sociedad, establecer las normas de representación legal de los mismos, implementando asimismo un registro de identificación, tipo D.N.I. o similar.

En un Estado social y de democrático de derecho (art. 1 CE) el Derecho se convierte, como lo ha llamado Ferrajoli, en la ley del más débil. Una de las principales funciones del Derecho es proteger, y no existen motivos jurídicos por los que deba limitarse a proteger solamente a las personas, sino que potencialmente podría tender a proteger también a los animales e incluso al planeta en su conjunto respecto de las acciones humanas. En este sentido los legisladores y demás agentes jurídicos, podemos interpretar las leyes en un sentido amplio favorable al más débil (principio in dubio pro reo).

El Título I de la CE siempre se ha dado por supuesto que se refiere a los derechos y deberes fundamentales de las personas humanas. El artículo 10 dice que “La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social”. Imaginemos que el término “persona” usado en el texto constitucional incluyera a los animales. Quedarían protegidos su dignidad, sus derechos inviolables como el derecho a la vida, a no ser torturados ni maltratados, etc. Justo lo que demanda un sector cada vez mayor de la sociedad.

En el Capítulo I de ese mismo Título I, se trata de los españoles y los extranjeros, dando por sobreentendido que se refiere a humanos españoles y extranjeros. Pero, ¿acaso los animales no son también nacionales y extranjeros? Por su parte el artículo 17 del Código Civil indica quiénes son considerados españoles. En ningún momento del texto se excluye a las personas biológicas, sino que se habla genéricamente de personas. Un chimpancé que nace en España ¿es español? Si seguimos el texto al pie de la letra sí. Un gorila que reside durante más de 10 años en este país ¿podría optar a la adquisición de la nacionalidad por residencia? Si aplicamos la letra de la ley sí.

Con estos dos ejemplos quiero llamar la atención sobre lo poco laborioso que sería reconocer personalidad jurídica a algunos animales: sólo sería cuestión de dictar una ley que expresamente determinara el alcance del concepto jurídico de “persona”, ampliándolo a todas las personas biológicas con capacidades cognitivas y  psicológicas, como es el caso de los grandes simios y los mamíferos marinos.

Tomemos, por ejemplo, el artículo 173 del Código Penal. En su punto primero dice: “El que infligiera a otra persona un trato degradante, menoscabando gravemente su integridad moral, será castigado con la pena de prisión de seis meses a dos años”. Obviamente, se refiere a personas humanas porque el ordenamiento jurídico así lo ha determinado. Si lo determinara de otro modo, considerando a otros animales como personas, también sería un delito infligir un trato degradante a un chimpancé o a un delfín. O el Título VII bis del Código Penal, que contiene los delitos relativos a la trata de seres humanos. Si se ampliara el sujeto protegido y se penara la trata de seres biológicos, resultaría que podríamos defender plenamente a todos aquellos mamíferos marinos a quienes se les impone trabajos forzosos en los parques marinos recreativos. Podríamos defender a los orangutanes de la explotación sexual que sufren en algunos países, podríamos detener la extracción de órganos corporales con fines comerciales, etc. Se protegerían cientos de millones de vidas con un mínimo cambio legislativo.

Pero tendremos que esperar a las necesarias reformas legislativas. Debemos aprobar las leyes que hagan falta para reconocer un derecho fundamental de los animales: su personalidad. De este modo y con un efecto de cascada, muchas otras leyes les serán inmediatamente aplicables sin necesidad de retocarlas mucho. No es la carga de trabajo lo que retrasa ese pequeño paso para el legislador, es la falta de conciencia del gran paso que supondría para nuestros hermanos animales. Afortunadamente, movimientos como el bienestarismo animal de Francione o el de la libertad animal de Singer, entre muchos otros, se encargan de mantener en alto esta demanda en nombre de miles de seres humanos.